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Tontos de guardia
Confundir las partes con el todo es una práctica poco saludable y habitual entre ignorantes, malintencionados, interesados varios y arrebatacapas de distinto género, linaje y condición. Políticos y algunos periodistas la practican con fruición y buenos resultados. De ahí que resulte especialmente rijoso que, nacional e internacionalmente, se publiquen noticias que alaban la situación benéfica del mercado del arte atribuyéndole rentabilidades del once por ciento en el ejercicio anterior “superando la retribución de las bolsas por segundo año consecutivo”.
¿De qué mercado hablan? Del arte, país a país, por supuesto que no. Y si se refieren a Londres o Nueva York, que lo aclaren y no generalicen. En ningún mercado rige la máxima de pan para todos. A la confusión general contribuyen, con singular acierto, el índice Mei Moses All Art que se apoya en otro más dudoso como el S&P 500 de bolsa, o el S&P Casa Siller inmobiliario, para demostrar que la inversión en arte es la más rentable. Y lo puede ser, sin duda, pero sólo para algunos y en determinadas circunstancias y con seleccionados artistas. No es rancho.
Es evidente que el arte, como los valores en bolsa o los activos inmobiliarios, se calientan. Hay gestores especializados en poner en valor determinados artistas y subir su cotización. A ello se suelen aplicar con singular soltura, utilizando el tambor cómplice, ignorante o interesado, profesionales del sector y algunos medios de comunicación.
Ahora si sube el arte chino, que sube, es porque los nuevos ricos asiáticos lo reclaman y lo pagan. Si uno de los grandes cuadros de Ray Lichtenstein (I Can See the Whole Room... and There’ s Nobody in It) generó
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