Conocido desde la antigüedad, ya los sumerios utilizaron el mosaico para decorar los templos de Uruk.
La civilización romana hizo de él un arte exquisito que pasaría al cristianismo, desarrollándose con gran
esplendor en las iglesias bizantinas. La Italia medieval y renacentista continuó utilizándolo en los
revestimientos de catedrales, con una especial importancia de los artistas musivarios venecianos, que
eran requeridos en toda Europa. Sin embargo, los micromosaicos, realizados con teselas que pueden
llegar a medir unos pocos milímetros, no aparecerán en el ámbito artístico hasta el siglo XVIII. Hoy en
día, son piezas de museo que se pueden adquirir de vez en cuando en subasta.
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